Por muchos más miércoles | Microrrelato

Muchos más miércoles Carmelo Beltrán

Dos almas imperecederas volvieron a encontrarse alrededor de una jarra de cerveza. Era una noche como otra cualquiera, habitual de un miércoles donde el mundo comenzaba a dormir cuando ellos intercambiaban las primeras sonrisas en un bar desierto.

Eran los de siempre. Dos homónimos enfrentados por la timidez de nunca haberse atrevido a contestar los designios de las preguntas que un día el mundo colocó en la mirada del otro.

También eran los de nunca. Eran las sombras crecidas de aquellos recuerdos que a veces les recorrían las entrañas. Marionetas en manos de una vida que los había llevado por distintos caminos, pero que había sido lo suficiente clemente como para no romper el hilo invisible que les unía.

Allí sentados, bañados por la calidez del alcohol, privados de ataduras al sentirse invisibles sin que nadie les contemplase, sentían que su historia no había terminado nunca. Solo había transcurrido por el camino que debió desde el primer momento. El de sonreírse sin sentirse estúpidos, el de las caricias que no eran inciertas. El de la seguridad de que, pasara lo que pasara, había alguien al otro lado del universo dispuesto a escuchar su voz rota por la tristeza.

Aquella noche se dijeron todo esto y mucho más. Aunque lo hicieron sin palabras. No les hacía falta. Él había aprendido a desnudarse ante ella con las letras, ella, con el tiempo, entendió que también podía hacerlo con su voz.

Por muchos más miércoles, exclamaron al unísono mientras sus bebidas chocaban.

Bailad si queréis bailar | Relato

Bailad si queréis bailar Carmelo Beltrán

Era una noche oscura en la que el tiempo jugaba con sus emociones. Su corazón vacío se reencontraba con el silencio de una nueva decepción consigo mismo. Sus pensamientos, alterados por los efectos del alcohol, trataban de concentrarse en la música que reproducían sus auriculares, aunque solo fuera para evitar que las lágrimas partiesen de sus ojos e iniciaran un viaje sin retorno por sus mejillas hasta dejarle totalmente vacío.

Contemplaba el cielo mientras esperaba el autobús. La sonrisa pícara que mostraba sus labios era falsa. Anestesiado por las cervezas, ni siquiera su mente era consciente de qué sentía en cada momento. Solo cuando cerraba los ojos era capaz de evocar todas las emociones que se movían en su corazón. No entendía ninguna. Tampoco quería hacerlo. Era demasiado tarde para ello. Si hubiera estado en casa, sobrio, habría escrito una historia sobre ellas, pero estaba decidido a no esgrimir la pluma nunca más. Allí, varado en medio de la nada, en una parada cualquiera de transporte público, había renunciado a la tinta de los cuentos para siempre.

Un autobús de color verde se detuvo delante de sus narices. Parecía el vagón de los dioses del olvido. Subirse a él implicaba dejar todo atrás. Su presente se convertiría en la historia de un pasado al que nunca podría retornar. Ninguno de los personajes que dejaba varados en la distancia le perdonarían lo que había hecho. Él tampoco, pero hacía mucho tiempo que había aprendido a vivir en la penitencia de su propia realidad.

Noel Gallagher cantaba bailad si queréis bailar. Fueron sus palabras las que dieron rienda suelta a sus lágrimas. El resto del vagón le contemplaba, pero ninguna de sus miradas le importaban. Hacía muchos años había comprendido que no había nadie que contara su historia como lo hacía la música. Había canciones que narraban su pasado, que hablaban de su futuro, que le insuflaban ganas vivir. Esta, sin embargo, que tanto le había hecho sonreír, ahora le traicionaba en mitad de la oscuridad. Evocaba su tristeza, sus pecados y le hacía sentir todas las cadenas que un día él mismo se había atado al cuerpo.

Cuando ya no pudo soportar la claustrofobia de aquella bestia de metal, se bajó del vehículo en una parada cualquiera. Estaba lejos de toda ciudad. Allí, en medio de la nada, el firmamento brillaba de una manera que nunca había tenido oportunidad de disfrutar. La osa mayor sonreía con la fuerza con la que solo los héroes son capaces de destacar y él, por un instante, se sintió completo al disfrutar de la complicidad de su mirada.

Contemplarla le dio la seguridad que necesitaba para no echarse atrás. Había renunciado tanto a sus propios anhelos a lo largo de su vida, que por una vez estaba seguro de que cumpliría lo que se había propuesto hacer.

Nadie lo recordaría después, pero tras el sonido del disparo, un nuevo eslabón se unión al lazo que formaba aquella constelación. Solo los pájaros que volaron lejos tras aquel atronador adiós serían conscientes de que todos pertenecemos a algún lugar cuando el telón se baja para siempre.

Un universo sin sonido

Universo sin sonido Carmelo Beltrán

Ella era la noche que narraba sus historias, él el dulce poeta que con un pincel la dibujaba en forma de recuerdos. Con la luz de las estrellas, ella alumbraba su camino, ese que él, valiente, inocente e inconscientemente tomaba entre sus lápices, pensando en qué parte del argumento podría colocarlo.

Ellos conformaron el primer amor de las constelaciones. Los cometas volaban por su aniversario y en un universo sin sonido, sus bailes estaban plagados de música que significaba todo para sus corazones.

Juntos eran uno. Pasión e inspiración. A su lado, el otro no tenía más temor que un eclipse solar que les arrebatara el papel de protagonista, aunque, cuando el apagón les alcanzó de una manera inevitable, comprendieron que las caricias y los besos no entienden de lenguas en la oscuridad.