El baile de las estrellas | Relato

El baile de las estrellas Cuaderno de Carmelo

Era una noche de aquellas en las que las estrellas se divertían pintando constelaciones. Ellas eran la sonrisa de un mundo que caminaba triste bajo sus bailes, aunque ni una sola de ellas les prestaba la suficiente atención. Era una pena, pues sus danzas interestelares eran las razones por las que cada día, antes de irse a dormir, un grupo de hermanos que no tenía nada sonreír al observarlas.

Pasaban los días, discurrían meses y años y aquellos hermanos se hacían cada vez mayores. Habían crecido tanto que muchos se habían olvidado de lo que era disfrutar de esos espectáculos, y ahora solo un miembro de la familia acudía cada noche en busca de su dosis de felicidad.

Lo hizo eternamente, hasta que la eternidad decidió ser más fuerte que ella. Una noche ya no acudió, la vida había concluido. Un mal paso, una caída en el lugar menos apropiado y un vehículo que la había arrollado. El mundo clamó, los periódicos de toda la ciudad contaban el desafortunado incidente, pero para las estrellas no había prensa y por primera vez en un tiempo infinito, se sintieron solas mientras cavilaban acerca de qué baile realizar.

Paralizaron sus movimientos, desaparecieron del cielo y el mundo se irguió en oscuridad. Nadie les prestaba atención a estas alturas, pero todos sintieron su ausencia cuando el mundo eclipsó.

Las estrellas viajaron por todo el mundo en busca de su fiel visitante. La conocían sin mirarla. No eran conscientes, no lo habían sido hasta ese momento, pero de nada sirve bailar si no hay alguien que sonría con nuestros pasos. La gracia de aquellos seres tenía que tener un propósito y entonces entendieron que el suyo tenía forma de mujer adulta y corazón y sonrisa de niño.

No la encontraron. Se había esfumado. No sabían qué había sucedido, pero en sus corazones se había instalado un vacío. La buscaron durante todas las horas que dominaban, cubrieron el mundo sin dejar un rastro y, rendidas, acabaron volviendo al lugar donde ella siempre las miraba.

Se asomaron a la ventana. Dentro solo había oscuridad. Una mujer que no era ella lloraba y se maldecía sobre un sofá y ni siquiera las lágrimas de un bebé que gimoteaba conseguía perturbar su dolor.

Las estrellas vieron en su alma rastros de su fiel espectadora y en los ojos de aquel bebé la mirada inocente y llena de ilusión de quien más las había valorado. Así, aquella noche rompieron todas las reglas del cielo, todas las normas no escritas del firmamento, descendieron con cuidado y, sin hacer ruido, entraron en aquel hogar. Si se puede llamar hogar a un corazón roto.

Y bailaron, pero lo hicieron alrededor de su cuna. Iluminaron las lágrimas del bebé, brillaron con su sonrisa y sintieron, por fin, que toda su existencia había tenido un sentido. Habían nacido para ser miradas, ella les correspondió. Estaban en deuda. Siempre cuidarán del pedacito de corazón que había dejado en la Tierra.

Carmelo Beltrán

@CarBel1994

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